La utopía multicultural: donde termina la tolerancia y dónde empieza la renuncia
- Dani Russo
- 24 nov 2025
- 8 Min. de lectura
La ideología del multiculturalismo es un marco normativo occidental que define cómo debería organizarse la sociedad, qué valores hay que priorizar y qué políticas deben aplicarse para alcanzar ese paradigma llamado “multiculturalismo”.

No es solo la “celebración de la diversidad”. Es un proyecto político-moral con supuestos muy concretos: que todas las culturas del mundo pueden convivir sin jerarquías morales; que la identidad cultural es esencial para la autonomía personal (pasando por alto que hay culturas que no miran con buenos ojos la autonomía personal); que cualquier Estado o gobierno debe garantizar recursos (simbólicos y materiales) para proteger cualquier cultura; que la “verdadera integración” solo puede lograrse mediante el reconocimiento pleno de todos los elementos de cada cultura (¿y qué pasa cuando algunos de esos elementos chocan con el paradigma democrático-liberal?); y, finalmente, que la idea de “cultura mayoritaria” debe correrse al fondo para darle espacio a las minorías. Hay un sesgo en la suposición de que las minorías son necesariamente los oprimidos, simplemente por ser numéricamente menores en un territorio o por no encarnar la forma dominante de ver, entender y vivir la realidad.
La ideología multiculturalista es válida como hipótesis sobre cómo circula el poder entre distintas culturas, del mismo modo que existen otras hipótesis acerca de la distribución del poder. Pero es solo eso: una hipótesis. ¿Por qué esa hipótesis política tendría que transformarse en imperativo moral?
En las universidades, sobre todo desde la década de 1990, el multiculturalismo se volvió una doctrina: cualquier crítica se lee como racismo, colonialismo o supremacismo. Ese mecanismo disciplinador es la marca de una ideología dominante y mainstream.
Esto no significa que sea “mala” o inaceptable. Significa que no es neutral. Responde a intereses políticos concretos.
El multiculturalismo surgió históricamente como reacción moral frente a genocidios, racismo biológico, nacionalismos excluyentes y políticas de asimilación forzada. Apareció para impedir que los crímenes de guerra y los genocidios del siglo XX se repitieran, pero confundió principios con realidad y nunca pensó a fondo qué hacer cuando dos sistemas morales entran en choque. ¿Es posible que distintas culturas, con códigos morales incompatibles en temas como género, apostasía, blasfemia o educación, convivan en un mismo lugar?
El multiculturalismo como proyecto de posguerra
El multiculturalismo contemporáneo surgió como uno de los proyectos políticos más ambiciosos de la segunda mitad del siglo XX. Canadá, Reino Unido, Países Bajos, Suecia y Australia fueron sus laboratorios.
Su premisa central era que las sociedades democráticas no debían limitarse a tolerar las diferencias culturales, sino garantizar activamente las condiciones para que cada grupo identitario pudiera existir con prosperidad y continuidad, sin ser absorbido por una cultura dominante. Suena a intento de lavar culpas coloniales sin demasiada reflexión profunda. El argumento se apoya en la brutalidad que el nacionalismo, el racismo y el autoritarismo infligieron a grandes sectores de la población en Europa. Después de la Segunda Guerra Mundial, Europa adoptó la igualdad ante la ley, la libertad religiosa y el reconocimiento cultural como pilares de la convivencia. Eso abre una pregunta: ¿hasta qué punto eso es posible en términos antropológicos?
En la superficie, se asumió que la diversidad no era un problema sino una riqueza que, bien gestionada, fortalecería la democracia. Pero ¿cómo se fortalece el paradigma democrático si las culturas que se supone que deben integrarse son antidemocráticas o chocan de frente con las ideas liberal-democráticas?
Desde principios del siglo XXI, la ideología multiculturalista y su promesa de integración empezaron a mostrar fisuras. El optimismo inicial (hegemónico en universidades, organismos internacionales y supranacionales, y gobiernos progresistas) chocó con fenómenos inesperados: radicalización islámica, formación de comunidades cerradas, crecimiento de redes político-religiosas, aparición de códigos morales incompatibles con los derechos individuales y episodios de violencia ligados a conflictos étnicos. En el núcleo del problema hay una falta de análisis antropológico sobre cultura y comunidad: sus sistemas morales no son siempre los mismos. La mayoría de las culturas que entran en conflicto se construyeron sobre códigos morales distintos.
Culturas de la dignidad y culturas del honor
La tradición occidental (Europa occidental y Estados Unidos) desarrolló una ética cultural basada en la dignidad. En ciencias sociales se la llama “cultura de la dignidad”. Este paradigma se sostiene en la idea de que cada persona tiene un valor intrínseco, con independencia de su linaje, religión, género o familia. Las instituciones democráticas se diseñaron sobre esa base. Los conflictos entre ciudadanos y comunidad se resuelven por vía legal; el pensamiento crítico, la disidencia y la libertad de conciencia son prácticas legítimas. La identidad individual tiene prioridad moral por encima del grupo.
Sin embargo, esta estructura (que hoy parece evidente en las sociedades occidentales) no es ni histórica ni universal. Es el producto de siglos de transformación: Renacimiento, Reforma protestante, Ilustración, Revolución francesa, constitucionalismo liberal. Fue un proceso lento y conflictivo que colocó a la dignidad individual en el centro de la arquitectura moral de Occidente.
Otras regiones del mundo (como Medio Oriente, partes de Asia y Europa del Este) construyeron su orden social sobre otra ética: la cultura del honor. En esas culturas, la persona no se define por un “yo” moral autónomo, sino como miembro inseparable de un grupo (familia, clan, tribu, comunidad religiosa) cuya reputación determina el valor individual. La identidad no se elige, se hereda; y la conducta de cada miembro afecta el estatus colectivo. La vergüenza pública es peor que la ilegalidad, porque la vergüenza es una forma de muerte simbólica. Si la reputación del grupo es atacada, existe una obligación moral de restaurarla, a veces mediante la violencia.
No es un detalle marginal ni anecdótico: eso produce normas eficaces en áreas clave donde la cultura tiene un impacto profundo, como las estructuras familiares, los roles de género, las expectativas sociales y los sistemas legales. El honor organiza la vida cotidiana del mismo modo en que la dignidad organiza el orden liberal.
Cuando ambos sistemas morales coexisten dentro de un mismo marco legal, aparece el conflicto. Por ejemplo: una mujer que decide divorciarse; alguien que quiere vivir su sexualidad con libertad; alguien que cuestiona creencias religiosas; la sátira de símbolos sagrados; una persona que decide abandonar su religión. Todo eso es aceptable y está protegido en una cultura de la dignidad, pero en una cultura del honor puede leerse como traición, humillación y ruptura intolerable. En ese sentido, la libertad de conciencia de una persona puede ser vivida como agresión colectiva por otro grupo. Lo que una sociedad define como “un derecho”, otra puede interpretarlo como “deshonra”.
El multiculturalismo liberal ignoró esa dimensión antropológica. Con la intención legítima de evitar el etnocentrismo, se negó a establecer cualquier jerarquía moral entre culturas. Asumió que el simple contacto entre grupos distintos generaría integración y que los valores democráticos se volverían compartidos por el mero paso del tiempo. Pero el tiempo, por sí solo, no cambia un sistema moral.
La convivencia entre culturas de la dignidad y culturas del honor sin mediaciones produce tensiones estructurales: choques entre autonomía individual y obediencia al grupo; entre libertad de expresión y protección de símbolos sagrados; entre igualdad de género y control sexual del cuerpo de las mujeres; entre Estado laico y política religiosa.
Este problema se observa de manera distinta según el paradigma religioso dominante y la cosmovisión de cada sociedad. En Occidente, la dignidad se institucionaliza a través del Estado de derecho, pero convive con desigualdad económica y tensiones identitarias. En Medio Oriente, religión y orden social son inseparables, y la autonomía individual no es el fundamento moral; lo son la lealtad al grupo y a Dios. Rusia articula honor nacional y religioso como eje de cohesión frente a la sociedad occidental: el conflicto no es “laicismo versus religión”, sino “nación versus individuo”. Japón, China y Corea, aunque no sean teocracias, mantienen estructuras sociales basadas en jerarquía, vergüenza y pérdida del “rostro”. India vive en un conflicto permanente entre una constitución moderna y sistemas tradicionales que normalizan el control familiar, las castas y la violencia de honor. Latinoamérica (tal vez la región cultural más híbrida del mundo) combina constituciones liberales con patrones sociales heredados del catolicismo ibérico (centralidad de la familia, supremacía masculina, importancia de la reputación) que han sobrevivido dentro de democracias formales.
Análisis de un caso: Países Bajos
El caso de los Países Bajos muestra los conflictos contemporáneos con una claridad casi quirúrgica. Es un país con una larga tradición de tolerancia y libertad religiosa que, desde la segunda mitad del siglo XX, recibió distintas comunidades musulmanas.
Pero esas comunidades no eran homogéneas. Musulmanes provenientes de Surinam y Java estaban acostumbrados a sociedades pluralistas y desarrollaron un “islam cultural” (en contraste con el islam político) compatible con la laicidad. Parte de los inmigrantes turcos también se integró sin mayores conflictos. En cambio, sectores de la población llegada de Marruecos, Afganistán y Somalia provenían de entornos donde la estructura del honor es dominante y, en muchos casos, migraron en condiciones de vulnerabilidad; eso favoreció la formación de comunidades cerradas.
El resultado fue la convivencia de dos tipos de islam: un islam cultural compatible con la democracia liberal y un islam político que entiende la religión no solo como fundamento espiritual, sino como orden normativo, legal y social basado en la sharía.
El islam político en Europa se expande no solo mediante la prédica en mezquitas, sino a través de redes institucionales sofisticadas financiadas internacionalmente. Como el multiculturalismo protege las identidades colectivas, el islam político encontró una oportunidad: presentarse como “representante legítimo” de todos los musulmanes. Creó centros culturales, escuelas religiosas privadas, organismos de asesoría a gobiernos, ONG dedicadas a denunciar discriminación, think tanks con estética académica y movimientos políticos identitarios. En muchos casos, cualquier crítica se encuadra como “islamofobia”, incluso cuando apunta a prácticas que contradicen los derechos humanos.
El precio simbólico que pagan las mujeres musulmanas cuando quieren vivir su propia vida es altísimo. Si la comunidad controla su vida privada, el Estado no interviene “por respeto cultural”. Si el Estado interviene, se lo acusa de racismo.
Algunas reflexiones: la ironía histórica
El multiculturalismo se creó para proteger a las minorías, pero terminó ofreciendo un terreno fértil a actores que buscan reforzar códigos de honor dentro de democracias fundadas en culturas de la dignidad. El islam cultural se integra; el islam político se fortalece. Y la izquierda europea, atrapada entre la defensa de la diversidad y la defensa de la autonomía individual, entra en una especie de parálisis: proteger culturas muchas veces implica no proteger a las personas que viven dentro de esas culturas basadas en el honor.
La salida no es volver a un asimilacionismo duro ni aceptar un relativismo moral sin límites. La propuesta más sólida en las ciencias sociales contemporáneas es la del “multiculturalismo reflexivo”. No cancela la diversidad ni romantiza cualquier práctica cultural. Reconoce el valor de la identidad, pero fija límites no negociables: ninguna cultura, religión o tradición tiene derecho a borrar la autonomía individual ni a restringir derechos humanos fundamentales. La integración no debería implicar desaparición cultural, pero tampoco puede convertirse en permiso moral para que las comunidades impongan subordinación sobre mujeres, niños o minorías internas. La diversidad cultural es bienvenida; la violencia moral y social contra las personas, no.
La sostenibilidad de la convivencia entre culturas de la dignidad y culturas del honor solo es posible cuando el Estado democrático actúa como garante explícito de la autonomía personal. Reconocer culturas no significa imponer esas culturas sobre quienes simplemente nacieron dentro de ellas. El futuro del pluralismo democrático depende de este punto: una sociedad puede ser culturalmente diversa, pero no puede renunciar al principio de libertad individual como fundamento ético.
Lo no negociable es que cualquier ser humano, independientemente de su cultura, pueda vivir en libertad. El problema no resuelto es que la idea misma de libertad individual sigue chocando con el paradigma de las culturas del honor. Y todo se vuelve aún más complejo cuando las culturas intentan combatirse y colonizar mutuamente sus valores morales. Es un círculo vicioso en el que hoy están atrapadas sociedades de casi todo el mundo.
Lo que no se puede negar es que hay formas de organización social que son más destructivas, más alienantes, más regresivas, aunque su cultura lo vista de valores, tradición o identidad.
El análisis debe superar el relativismo cultural: la idea de que creencias, valores y prácticas solo pueden entenderse dentro de su propio contexto cultural, y no juzgándose con la vara de otra cultura.
Fuentes consultadas:
Žižek, S. (2008). Tolerance as an Ideological Category. In The Metastases of Enjoyment.
Huntington, S. (1996). The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order. Simon & Schuster.
Parekh, B. (2000). Rethinking Multiculturalism. Palgrave Macmillan.
Nisbett, R. & Cohen, D. (1996). Culture of Honor: The Psychology of Violence in the South. Westview Press.
Cesari, J. (2014). The Islamic Awakening and Western Political Thought. Cambridge University Press.
Mandaville, P. (2007). Global Political Islam. Routledge.
Entzinger, H. (2003). The Rise and Fall of Multiculturalism? The Case of the Netherlands. In Toward Assimilation and Citizenship, Palgrave.
Mahmood, S. (2005). Politics of Piety: The Islamic Revival and the Feminist Subject. Princeton University Press.
United Nations Office of Counter-Terrorism (UNOCT). Trends in Global Terrorism and Violent Extremism (2020).



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